Las consecuencias de los incendios forestales van más allá de lo que la mayor parte de la gente considera. Cuando un bosque o matorral arde, no solo se pierde el manto vegetal y peligran los animales. También pueden verse comprometidas la calidad del aire, los recursos hídricos o la estabilidad de las zonas en pendiente.

Así nos lo recuerdan al menos los fuegos que asolan periódicamente Estados Unidos, Australia o la región mediterránea. Sus efectos, de hecho, se dejan notar a lo largo de los meses e incluso años posteriores. ¿Qué podemos hacer para reducir estas consecuencias?

¿Qué es un incendio forestal?

Entender qué es un incendio forestal es sencillo. No obstante, consideramos que está bien hacer una breve presentación del que va a ser protagonista de nuestro artículo.

Así, un incendio forestal se define como un fuego descontrolado que afecta a una zona natural. Esta superficie puede estar cubierta por árboles, arbustos o pastizal, por poner 3 ejemplos (1).

Para el inicio de un fuego tienen que concurrir 3 factores imprescindibles:

  • Un combustible
  • El oxígeno del aire
  • Una fuente de calor

La ausencia de cualquier de estos elementos supone la extinción o no iniciación de un incendio forestal.

Causas de los incendios forestales

Además de los requisitos antes señalados, la probabilidad de que un fuego se inicie y se propague depende también de otra serie de factores tales como las propiedades de la vegetación, su grado de humedad o las condiciones meteorológicas. No obstante, es la acción que desencadena el fuego, es decir, la existencia de una fuente de calor, la que dispara el riesgo.

En este sentido, los incendios pueden tener su origen en:

  • Causas naturales, como la caída de un rayo (en torno al 4% de los fuegos).
  • Causas antropogénicas, en las que la mano del ser humano desempeña un papel fundamental (alrededor del 95%).

De estos últimos, entre el 45-50% se consideran incendios intencionados.

Principales estadísticas de los incendios forestales en España

Con el objeto de aportar un poco más de contexto, vamos a ver cuáles con las principales estadísticas de los incendios forestales en España.

Durante 2019, por ejemplo, y según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (2), se produjeron más de 7000 conatos de incendio (superficie afectada <1 hectárea) y más de 3500 incendios (superficie afectada ≥ 1 hectárea). Estas cifras, aún provisionales, suponen un descenso del 10,66% respecto a la media de la última década.

Cómo reducir las consecuencias de los incendios forestales con internet de las cosas (IoT)

Ahora que ya conocemos un poco mejor a nuestro protagonista, ¿cómo podemos hacer que la tecnología inalámbrica se convierta en nuestra aliada y reducir así el impacto de los incendios forestales?

Para establecer cierto orden en la presentación de las distintas soluciones, vamos a introducir una estructuración por fases. De esta manera, distinguiremos una fase de inicial de conato, una etapa de incendio activo y una fase final de fuego extinguido. Conviene aclarar, no obstante, que algunos de los dispositivos que se van a citar pueden ser usados indistintamente a lo largo de las distintas etapas, de forma individual o como complemento a otros equipos.

Fase de prevención o inicio de un conato

Las condiciones ambientales juegan un papel muy relevante cuando se determina el riesgo de incendio forestal. De hecho, uno de los mayores temores de los equipos de extinción es la denominada “regla del 30”. Esta regla, que eleva la probabilidad de que surja un fuego, se caracteriza por:

  • Humedad relativa del aire ≤30%
  • Temperatura de 30ºC o más
  • Velocidad del viento de 30 km/hora o más

No obstante y aunque estos factores contribuyen a desencadenar la “tormenta perfecta”, su ocurrencia conjunta sólo se ha observado en el 36,7% de los grandes incendios forestales (más de 500 hectáreas calcinadas) registrados en el período 2007-2016.

A pesar de esto, la supervisión de las variables climáticas hiperlocales es una medida muy a tener en cuenta. Así, los sensores de humedad del suelo pueden ser un dispositivo de interés, ya que la sequedad es un parámetro que puede alertar del riesgo de incendio (3). De igual forma, las estaciones meteorológicas pueden ayudar a crear modelos y pronósticos del tiempo. Estos equipamientos son, por ejemplo, un elemento clave en el plan de mitigación de incendios forestales de la compañía eléctrica Southern California Edison (4).

Asimismo, la celeridad en la detección de un fuego es clave para su rápida extinción. Por lo tanto, el uso de sensores o cámaras sobre el terreno que alerten de un posible incendio es esencial. Su funcionamiento, además, puede complementarse con drones (5), por ejemplo.

Fase de incendio activo

Uno de los aspectos que se resiente durante un incendio es la calidad del aire. Este problema afecta tanto a los habitantes de las zonas más próximas como al personal de extinción. De hecho, los efectos sobre el aparato respiratorio pueden perdurar hasta un año, como demostró una investigación estadounidense.

Así, cada vez más estudios sugieren una relación entre las partículas en suspensión (PM10 y PM2.5) que se generan durante un incendio y salud. En este sentido, señalar dos recientes investigaciones que ponen de relieve este posible vínculo:

  • el análisis que correlaciona un incremento de los fallos cardíacos con la exposición al humo del fuego publicado en el Journal of the American Heart Association (6); y,
  • el estudio que establece una conexión entre la contaminación resultante de los incendios y la incidencia de la gripe meses después (7)

Esta situación podría llegar a plantear un problema en la situación actual (abril 2020), cuando gran parte del planeta está intentando poner freno a la expansión del coronavirus COVID19. No en vano, algunos estudios preliminares sugieren un nexo entre partículas en suspensión y un incremento de la mortalidad (8). Y esta posibilidad crea incertidumbre en los servicios de extinción, como señalaba en marzo el diario Vancouver Sun.

Por lo tanto, los sensores low cost para supervisar la calidad del aire podrían ser una opción a considerar. De este modo, se facilitaría información a la población cercana y los equipos de extinción. Asimismo, la instalación de una veleta y un anemómetro permitiría conocer el transporte de las partículas a través del viento, así como la velocidad del mismo, uno de los factores que más influyen en la propagación de un fuego.

Fase de incendio extinguido

El efecto más visible tras un incendio es la eliminación de la vegetación aérea. En la mayoría de los casos, se conservan las semillas, los bulbos y las raíces, que con el tiempo permitirán la regeneración del monte. Pero los primeros meses son críticos, ya que el suelo desnudo queda a merced de las variables meteorológicas.

Esta circunstancia puede generar, entre otros problemas, dos quebraderos de cabeza importantes:

  • la afección que el arrastre de cenizas, tierra, etc., tiene sobre los ecosistemas acuáticos y la calidad del agua potable; y,
  • el incremento en el peligro de inundaciones y deslizamientos de tierra o barro.

Para esta fase, los dispositivos IoT más útiles podrían ser los relacionados con la monitorización en tiempo real de la calidad del agua. Dos parámetros importantes a controlar, por ejemplo, serían la turbidez del agua y la cantidad de oxígeno disuelto. Con respecto al riesgo de inundaciones o deslizamientos, el establecimiento de un sistema de alerta temprano podría reducir las consecuencias de ambos fenómenos.

Conclusión

La máxima de que “los incendios se apagan en invierno”, acondicionando y limpiando las áreas naturales susceptibles de arder, es recurrente en el ámbito forestal.

No obstante el riesgo cero no existe, ya que el fuego «es parte de muchos ecosistemas naturales». Por lo tanto, una manera de minimizar sus consecuencias es vigilar los factores que pueden desencadenar un fuego, actuar con la máxima celeridad y controlar las consecuencias que derivan de un fuego.

Y si la tecnología puede ayudar en esta labor, desde Arantec creemos que merece la pena tenerla en cuenta.

Fuentes consultadas:

  • (1) SMA, S. L. (2010). Evita el fuego– la diversidad es vida: manual de orientación para docentes. Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino. Disponible en https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo-rural/temas/politica-forestal/dossier_tecnico_tcm30-153331.pdf
  • (2) Subdirección General de Política Forestal (2020). Los incendios forestales en España: avance informativo 1 de enero-31 de diciembre de 2019. Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Disponible en https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo-rural/estadisticas/iiff_2019_ed02_con_portada_tcm30-537398.pdf
  • (3) Chaparro, D., Vall-llossera, M., Piles, M., Camps, A., & Rudiger, C. (2015). Low soil moisture and high temperatures as indicators for forest fire occurrence and extent across the Iberian Peninsula. 2015 IEEE International Geoscience And Remote Sensing Symposium (IGARSS). doi: 10.1109/igarss.2015.7326530
  • (4) Southern California Edison (2020). 2020‐2022 Wildfire Mitigation Plan. Disponible en https://www.sce.com/sites/default/files/AEM/SCE%202020-2022%20Wildfire%20Mitigation%20Plan.pdf
  • (5) Hristov, G., Raychev, J., Kinaneva, D., & Zahariev, P. (2018). Emerging Methods for Early Detection of Forest Fires Using Unmanned Aerial Vehicles and Lorawan Sensor Networks. 2018 28Th EAEEIE Annual Conference (EAEEIE). doi: 10.1109/eaeeie.2018.8534245
  • (6) Jones, C., Rappold, A., Vargo, J., Cascio, W., Kharrazi, M., McNally, B., & Hoshiko, S. (2020). Out‐of‐hospital cardiac arrests and wildfire‐related particulate matter during 2015–2017 California wildfires. Journal Of The American Heart Association, 9(8). doi: 10.1161/jaha.119.014125
  • (7) Landguth, E., Holden, Z., Graham, J., Stark, B., Mokhtari, E., & Kaleczyc, E. et al. (2020). The delayed effect of wildfire season particulate matter on subsequent influenza season in a mountain west region of the USA. Environment International, 139, 105668. doi: 10.1016/j.envint.2020.105668
  • (8) Exposure to air pollution and COVID-19 mortality in the United States. Xiao Wu, Rachel C. Nethery, Benjamin M. Sabath, Danielle Braun, Francesca Dominici. medRxiv 2020.04.05.20054502; doi: https://doi.org/10.1101/2020.04.05.20054502

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